PODCAST #1 | FESTIMALES
Se acerca el calor. Una pena que
no “se acerque el invierno”, porque bien es sabido por todos los que me conocen
lo mucho que odio el verano. Con ello
toca decidir qué hacer con las vacaciones, aquellos afortunados que las tengan.
Por todos es conocido que el
turismo de festivales se perfila como una de las primeras opciones para muchos
de nosotros y no es para menos. Estos, cada año, crecen como setas por la
geografía española. Antes se solía decir que “una ardilla podría cruzarse la
península entera sin tocar el suelo saltando de árbol en árbol”, pero ahora los
árboles pueden ser sustituidos tranquilamente por festivales.
Me acuerdo de cuando yo empecé a
conocer qué era esto de los festivales que, por aquel tiempo, solo se
escuchaban los mismos nombres de siempre. De hecho, pocos más se conocían fuera
de aquel FIB, Sonorama, Primavera Sound – bastante posterior — o el maravilloso
Contempopranea. Poco más. Ahora hay miles. No sé el dato oficial, pero se
podría decir que hay mínimo uno por provincia.
Con todo ello, a mí me gustaría
reflexionar sobre el impacto que esta sobrepoblación festivalera ha tenido
sobre la música en sí, pues las opiniones al respecto son bastante variadas.
Yo voy a hablar desde el punto de
vista medio. A este podría definirle – con mucha fe en la humanidad – como ese
consumidor con un mínimo interés por la música que no entiende los festivales
como una macrofiesta a la que ir a beber mientras a sus espaldas toca un grupo
de cuyo nombre ni me acuerdo. Aunque ya os digo, que para pensar que esto es el
usuario medio hay que tener mucha fe.
Ante esto, si bien antes me
maravillaban los festivales, ahora mismo lo vivo de una manera muy distinta. Ya
no tengo esa ilusión por ellos que tenía antes. Es cierto que también tengo que
decir que a esto suma el hecho de que posiblemente el 90% de los nombres que pueblan
los carteles ya los he visto en directo – e incluso varias veces. Quieras o no,
no vives con la misma intensidad un concierto por primera vez, que cuando ya lo
has visto 20 veces. Quitando esto, me gustaría centrar un poco esta reflexión
en varios ejes.
El cartel. Como ya os he dicho a la mayoría de los grupos ya los he
visto varias veces y no es para menos pues últimamente los carteles de los
festivales son prácticamente calcados. Los mismos nombres, que traen consigo los
mismos conciertos, las mismas canciones… A mí juicio esto conlleva una pérdida
de alma brutal.
Este alma del que tanto os hablo
debe ser entendida por ese espíritu diferencial que es lo que hace especial a
este tipo de eventos. Debería de haber una necesidad y un esfuerzo por parte de
la organización de los festivales por buscar y preservar esa identidad propia
que les haga destacar sobre el resto.
El problema es que muchas veces
este cambio de viraje hacia la originalidad o esa búsqueda de personalidad se
traduce en una venta menor de entradas. Muy a nuestro pesar, no debemos perder
de vista nunca que la industria musical es precisamente eso, industria. La visión
artística debe dominar, pero no olvidemos que la gente tiene que comer.
Pero ante esto, un ejemplo: el
Tomavistas. El cartel de este festival madrileño se aleja de lo convencional y,
sin embargo, este año se ha apuntado un sold out y una edición maravillosa.
Muchos debería tomar ejemplo de lo que es un festival con alma.
El público. Otro de los ejes importantes a
analizar es el público. Y la verdad es que con esto me enfado bastante. Es
cierto que esta es la parte más subjetiva y que depende muchas veces de las
experiencias de cada uno a los pies de los escenarios. Pero os pongo en
situación. Os cuento mi filosofía festivalera:
En mí caso, lo que a mí me gusta
hacer en los festivales es ir a ver grupos de los que he oído hablar brevemente
o me han recomendado pero que nunca he visto en directo. Allí tienes la
oportunidad de que con andar unos pasos los tienes delante para poder ver si un
grupo verdaderamente te interesa o no. Fuera de un festival no es tan sencillo
puesto que tienes que pagar una entrada e igual no te apetece tragarte un
concierto de 2h o sencillamente no te viene bien. Por ejemplo, en vez de ver 80
veces al mismo grupo, prefiero ver a 80 grupos distintos.
Sé que pensar que todo el mundo
actúe como yo en los festivales es muy naif pero lo cierto es que pienso que el
público en general es lamentable y, por desgracia va a peor. Me da mucha pena que en este
país no se valore que la música es cultura, no ocio. Los grupos no
tocan para entretener a nadie y que, igual que cuando tú vas al Museo del
Prado, no te pones a mirar Instagram delante de las meninas, en un concierto
igual. Hay gente que le da la espalda al escenario. Increíble.
Ante esto, ¿qué haces? La culpa
no la tienen los festivales en sí. Igual hay que mirar hacia una sociedad que
en el momento en el que se masifica algo parece que se devalúa. Es una pena
pues, si bien el número de venta de entradas a espectáculos musicales ha subido
supuestamente, lo cierto es que la calidad del público que asiste a los mismos
es inversamente proporcional.
A pesar de todo esto, como he
dicho al principio, está muy bien analizar todo desde la óptica del espectador,
pero también hay que tener en cuenta la visión del músico. Cuando he tenido la
oportunidad de hablar con artistas de este tema en cuestión, he encontrado dos
visiones bastante dispares.
Por una parte son muchos los que
se alegran de esta crecida de número de festivales porque para ellos se traduce
en más trabajo y más conciertos que ofrecer. Es normal que ante esto estén
encantados de poder participar en este tipo de eventos porque, aparte de la
contratación es una manera de promocionarse muy efectiva. Por otro lado, muchos
son los que me hablan de las precarias condiciones en las que en numerosas ocasiones son
contratados, tocando incluso gratis a cambio de esta promoción. Si defendemos
la visión de que la música es industria, hay que pensar que la industria es
para todos, empezando por los músicos como trabajadores de la misma.
A partir de aquí sacad vuestras
propias conclusiones. Supongo que la mayoría de vosotros sois asiduos a los
festivales y habéis notado esta evolución en los últimos años. Ahora viene el
análisis:
¿de verdad ha sido positiva o simplemente será la punta de lana que
pinche esta burbuja que, aunque no pare de engordar, tarde o temprano
estallará?




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