La Bien Querida. Aquelarre en la Joy
El Aquelarre - Francisco de Goya
La música tiene poderes extraños sobre mí que a día de hoy no logro comprender. Siempre que el día es oscuro, viene como una luz de estas que parten las nubes en dos y te hacen pensar que, al menos, hay esperanza. Mi relación con ella es tremenda y tan estrecha que no recuerdo el último día que pasé sin su compañía. Y esto es algo que cada día me sorprende más, porque sigue ahí, como un ente que no ves, pero que sientes que está.
El pasado 16 de noviembre La Bien Querida tocaba en Joy Eslava. Yo tenía la entrada desde el 24 de julio pues confiaba ciegamente en que el nuevo disco me iba a gustar tanto como los anteriores. No me lo pensé. Brujería lo esperaba oscuro y lleno de dolor, como todos mis discos favoritos. Fuego fue un disco muy especial que me acompañó en una época de cambio y (des)amor en mi vida y con él sentí una vez más que mi voz era la de Ana. Con Brujería no me pasó igual. Discazo tremendo con el que quizás para sintonizar hay que estar muy enamorada. Yo, por suerte, no lo estoy.
En agosto comencé a trabajar y cuando me fui a pedir el día libre ya no podía. Sin embargo, por arte de magia, ese día libré. Siembre he creído demasiado en el destino y a mí el mío me estaba gritando que el 16 de noviembre pisara la Joy. Entonces no comprendí por qué, ahora lo entiendo.
La tarde del sábado era fría, la más helada del otoño decían los telediarios. Yo siempre defiendo que este es el verdadero “buen tiempo”, y no del que tanto habla la gente. Mi tarde fue igual de fría. Me paso la vida echándole la culpa de todos mis dramas a Mercurio Retrógrado sin saber que, como dicen Los Punsetes en mi canción favorita “esos monstruos solo están en mi cabeza”. Y “esos monstruos” son los mismos que -- a horas escasas de que empezara el concierto -- me hicieron plantearme seriamente si debía ir. Al final, casi en una lucha parecida a la del grabado de Goya, ganó la razón. Me pinté los labios de rojo y sin pensarlo mucho me fui a la calle Arenal.
Eran las 19:30 y la cola se fundía entre las hordas de turistas que pueblan las calles de Madrid en esta época del año. El olor a castaña asada – uno de mis favoritos – inundaba el ambiente, al igual que el frío que, como ya he mencionado, era uno de los protagonistas de la noche. Puntuales a las ocho se abrían las puertas de la mítica Joy Eslava y el público caminaba impulsados por esos nervios que florecen a la entrada de un concierto. Una vez dentro, la sala llena, expectante. La paciencia se agotaba según se acercaban las manecillas del reloj a las nueve en punto. Siempre digo que el mejor momento que se puede vivir es cuando se apagan las luces de una sala porque va a comenzar la función. Y en ese momento apareció ella.
Ataviada con un impoluto traje rojo y una capa, La Bien Querida se subió al escenario a modo de “superheroína” dispuesta a salvarnos a todos. A mí, la primera. La gente pedía silencio y tras lanzarnos un hechizo protector que nos bendijo a todos, comenzó el concierto.
Ventilador en los pies como las grandes divas, la noche la abrieron temas de su último disco. Como ya os he anunciado, no he conseguido conectar con Brujería como con otros trabajos como Premeditación, Nocturnidad y Alevosía, mi favorito. No obstante, supe que estaba delante de algo grande en el momento que, sin ser yo nada de eso, consiguió ponerme los pelos de punta con ese “Te quiero” que en casa me asfixiaba y aquí me logró elevar. Más, menos, mejor, peor, al final todos sentimos lo mismo y Ana tiene la bendita capacidad de retratarlo perfectamente con su música.
La comunión con el público fue fascinante. Por desgracia, en pocos conciertos se puede resaltar algo así. Silencio sepulcral cuando tocaba, jaleo en su debido momento. Los “guapa”, “la más grande” se intercalaban cual folclórica sobre el escenario. Sin olvidar los cantos a David, la estrella de la banda.
Tras este primer bloque de alquimia, el backliner colocaba un pie de micro sobre el escenario. La gente especulaba con la nueva aparición. “Será el Diego”, se oía tras de mí. Sorpresa máxima para los asistentes cuando apareció sobre las tablas Jota de Los Planetas. A lo largo de mi vida he visto al granaíno como una divinidad absoluta sobre el escenario y como la persona más humana del mundo – demasiado humana quizás – de fiesta. Aunque suene exagerado, la fascinación que siento yo por este grupo me hace verle tan sacralizado que me pone tan nerviosa como Santa Teresa de Jesús en éxtasis puro. Todo eso choca mucho con la imagen de un señor que sale a cantar mirando el móvil y con las manos cruzadas por delante como -- como diría mi amigo Sergio – cuando sales a leer a misa. Pero allí, en la Joy tenía frente a mí a los dos artistas que más he escuchado en los últimos años y, probablemente en mi vida. Con ellos sonaron Domingo Escarlata y Recompensarte, de Fuego.
El ecuador del concierto estaba dedicado a los grandes hits de La Bien Querida. Hoy, 9,6, Muero de Amor, Dinamita… todos de alguna manera u otra himnos que forman parte de la banda sonora de mi vida, y no solo de la mía, sino de todo el conjunto de los que aquella noche desafiaban el frío en la Joy que, para esas alturas de la noche, estaban más que entregados.
En medio de la instrumental final de Poderes Extraños que de manera exquisita alargaron la bandaza que tiene detrás La Bien Querida, Ana desapareció. Al finalizar esta, con otro vestido – en total fueron tres – y de la mano de Diego, El Diego, volvió a ocupar el escenario bajo la ovación del publico para interpretar la colaboración con la que nos sorprendían hace unos meses: ¿Qué?
Al terminar la misma, el vocalista de Carolina Durante – nervioso y oscuro como es él – se acercó al micro y dijo: “quiero darle las gracias a Ana, si me llegan a decir a mí esto hace año y medio…”. Visiblemente emocionado y con la voz entrecortada dejó la frase a medias y se retiró del escenario.
El final del concierto se acercaba y hasta entonces fueron varias las veces que La Bien Querida consiguió ponerme los pelos de punta y el corazón del revés. Leía hace poco que ir a un concierto de Ana es como ir a hacerte una revisión de corazón. No puede haber definición más acertada. Lo que diferencia a un artista de los que no lo somos es su capacidad de hacer físico en forma de canciones lo que siente. Cuando ese sentimiento coincide entre ambos, se crea la magia. Y el sábado 16 de noviembre, en el número 11 de la calle Arenal, hubo magia. La Bien Querida siempre nos sobrevuela con un aura especial que nos ciega a todos, pues ella tiene el poder de cantar lo que sentimos y de hacernos sentir lo que canta.
No quiero terminar esta crónica sin hacer una especial mención a los músicos que le acompañan. Nieves, David, Juanma y Brian son los ingredientes indispensables que hacen que toda esta pócima funcione a la perfección.
A veces ni eso cerraba la noche como una premonición. Posiblemente sea una de mis canciones favoritas. Lo que hace grande a un concierto es el ser capaz de hacerte olvidar, al menos durante un par de horas, lo que hay fuera de la sala. Fuera de la Joy para mí solo había frío y oscuridad, pero lo que no había era la sensación de que el miedo había conseguido paralizarme otra vez en casa. Como si la música me hubiera lanzado de nuevo un hechizo. Como si fuera cosa de brujería.
Pero a veces, ni eso.







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