"Buenos días, ¿me da la Rockdelux?"
Cuando yo era pequeña, en la entrada de mi pueblo había un pequeño quiosco. Era una casita pequeña en medio de la calle, al lado de la carretera. Recuerdo perfectamente ir a él con una moneda “del agujerino” – la de 25 pesetas – a comprar chuches y cromos de fútbol.
Pocos años después, todavía
siendo yo pequeña, ese quiosco cerró y mi pueblo quedó desprovisto de toda
clase de prensa. Cuando le digo a alguien que aquí para comprar un periódico
tienes que desplazarte mínimo 15 km no me creen, pero esta es la realidad de
muchas zonas rurales de España.
Cuando crecí un poco más iba con
mi madre al estanco del pueblo de al lado. Allí había una pared entera llena de
revistas y periódicos. Me gustaba ver las portadas de los diarios, sin entender
absolutamente nada de ellos, pero más me gustaba que mi madre pusiera sobre el
mostrador su revista de patrones y mi Superpop. Esta publicación marcó una
generación entera, la cual compartíamos el “anillo que cambiaba de color según
tu estado de ánimo” o el “colgante corazón, que en su interior podías poner la
foto del chico que te molaba”. También crecimos con una ideología de género
brutal, pero es otra historia. Aún las guardo en el baúl de casa y, aunque hoy
en día me llego a escandalizar, las ojeo con cariño.
De la Superpop pasé al Marca. Mi
madre iba cada día a la gasolinera a comprármelo. Por la tarde, mi vecino me lo
cambiaba por el As. Años coleccionando cartillas para conseguir las jarras con
los escudos del Madrid o el cojín-edredón que muchos aún guardamos en casa. Años
leyendo en casa.
Ya con más que uso de razón llegó
a mi vida la música para revolucionarlo todo. Todos los que sois auténticos melómanos
sabéis que no vale con escucharla; es como un mosquito que te pica y acabas
enfermo, sediento de saber más, de descubrir más grupos, de conseguir más
discos… Te gusta saber cada dato, cada referencia; de dónde viene ese acorde,
qué grupos escucha tal cantante, cómo fue el concierto en tal sitio, cómo será
el próximo disco de Fulanito.
Con 18 años elegí una carrera que
poco tenía que ver con el periodismo. Inmersa en números y mecánica de fluidos
recuerdo subir las escaleras de la facultad y que, en un pequeño estante
hubiera un taco de Mondo Sonoros que nunca bajaba de tamaño porque solo cogía
yo. Era como un pequeño oasis en medio
de un mundo al que no pertenecía.
A la Mondo Sonoro, le siguió un
viaje mensual al quiosco para comprar la revista que hoy se despide y la cual
me ha llevado a escribir esta entrada: la Rockdelux.
Esta revista fue toda una
revolución en mi vida. Cinco años y muchos números después, me di cuenta de que
mi casa estaba llena de prensa musical y no de libros de física. En medio de un
concierto decidí dejarlo todo atrás y empezar a luchar por un sueño. Ese sueño
era ver mi nombre escrito bajo un artículo de la Rockdelux. Y
entonces, dejé un futuro asegurado por uno completamente incierto. Empecé a
estudiar periodismo.
Hoy es un día triste para mí y
para todos los soñadores que aún pensamos que es posible ser periodista.
Rockdelux anunció esta mañana que cerraba sus puertas.
Siempre es una noticia triste el
cierre de un medio de comunicación, pero aún más si es de uno que ha estado a tu lado sin fallar durante tanto tiempo. He querido hacer un recorrido por mi vida para que veáis
que la prensa no solo informa o entretiene, también acompaña y acaba formando
parte de tu vida como un amigo al que ves una vez al mes, pero el rato que
pasas con él te llena tanto que acabas repitiendo y repitiendo. A lo largo de
mi vida, desde mi infancia, siempre he podido asociar cada etapa con una
publicación. El problema es que me pone realmente triste el pensar que, si
alguna vez tengo hijos, ellos jamás lo van a poder hacer porque no van a tener
prensa que comprar, ni siquiera periodistas a los que admirar. Ellos no conocerán
la grata sensación de volver a hojear una revista después de años guardada en
un cajón, de ver en sus páginas cómo ha cambiado el mundo y cómo has cambiado
tú.
El panorama es desolador. Acaba
de desaparecer la prensa musical escrita y no existe relevo. Solo nos queda una
revista que a duras penas sobrevive a base de anunciantes, con la falta de independencia
que esto conlleva. Haciendo autocrítica, nos acabamos de quedar sin referentes
y ahora dependemos de un montón de blogs que se acerca más al fanatismo que al
periodismo cultural. Y lo digo yo, que estáis leyendo uno de ellos.
No voy a olvidar nunca el gusto
que daba el gramaje de las hojas de la RDL, ni esos colores brillantes. El
buscar quién sale en portada este mes. Las listas de los mejores discos, guardar
los especiales del año a modo de biblia. No más colecciones de CDs recopilatorios. Ya no voy a poder ofrecerles a mis
amigos algo de beber y si querían ver la RDL cada vez que venían a mi casa. Ya
no habrá más nombres raros que no conozco y que acabarán siendo grupos que
marquen mi vida porque un día los encontré entre sus páginas. Ya no más viajes
al kiosko, porque se ha ido el motivo por el que bajar.
Nos quedamos huérfanos toda una
generación de periodistas que algún día soñaron con ver su nombre en la
Rockdelux. Se quedan solos aquellos que devoraban sus artículos como el que
habla con un amigo de música cerveza en mano. Se cierra una escuela de la que ha dependido la educación musical de media España. Pero lo más triste es que los
que venga después de nosotros, no conocerán la sensación de pillarte la Rockdelux y “escuchar música leyendo”.
Una última cosa: seamos consecuentes y salvemos el
periodismo cultural. Por nosotros y por los que vendrán.
Muchas gracias Rockdelux por
tantos años. A Carrillo, Cervera, Vaz y a todos los que consiguieron ver su nombre
dentro por hacer escuela, por crear referentes profesionales a los que querer parecerte, por marcar de por vida a los que soñamos con ser periodistas musicales. Los que nos quedamos seguiremos luchando en la trinchera. De nuevo, gracias.






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